Creer y Vivir

Un espacio cristiano para vivir la fe con calma.

La fe cuando no sientes nada: seguir creyendo en el silencio.

Cómo rezar cuando no tienes fuerzas ni palabras desde la fe cristiana

Hay momentos en la vida de fe en los que abres la Biblia y las palabras permanecen inmóviles sobre el papel, como si fueran ajenas a ti. Oras con la misma sinceridad con la que siempre lo has hecho, pero tu voz parece perderse en el aire, sin encontrar eco, sin recibir respuesta. Buscas a Dios en la quietud de la mañana, en medio del ruido del día, incluso en la oscuridad de la noche, y solo encuentras silencio. Un silencio denso, desconcertante, que te hace preguntarte si alguna vez hubo algo más que tu propia voz rebotando en las paredes de tu corazón.

Quizás llevas semanas así, o meses. Tal vez años. Y lo que más duele no es tanto la ausencia de respuestas, sino la ausencia de presencia. No sientes paz, no sientes gozo, no sientes ese calor interior que antes te confirmaba que alguien te escuchaba. Solo hay vacío. Y entonces llegan las preguntas inevitables: ¿hice algo mal? ¿Se fue Dios? ¿Perdí la fe sin darme cuenta? ¿Soy yo el problema?

Si estás en ese lugar ahora mismo, quiero que sepas algo desde el principio: no estás solo, no estás roto, y tu fe no está muerta. Lo que atraviesas tiene un nombre, una historia larga en la tradición cristiana, y una presencia constante en las Escrituras. Se llama sequedad espiritual, y es parte del camino de todos los que han caminado tras Dios con honestidad y profundidad. Este artículo no viene a ofrecerte fórmulas mágicas ni respuestas fáciles. Viene simplemente a acompañarte, a nombrarte esta experiencia, y a sostener contigo la paradoja de creer cuando no sientes nada.

¿Qué significa no sentir nada en la fe?

La sequedad espiritual es esa experiencia en la que Dios parece haberse retirado de tu vida interior. No se trata de dudas intelectuales sobre la existencia de Dios o sobre la verdad del evangelio, aunque a veces pueden aparecer también. Es algo más visceral, más inmediato: es la ausencia de consolación, de cercanía, de cualquier señal sensible de que Dios está presente. Las prácticas espirituales que antes te daban vida ahora se sienten mecánicas, vacías. La oración se vuelve una disciplina árida. La adoración, un esfuerzo. La lectura bíblica, un deber que cumples sin que nada resuene en tu interior.

Los místicos cristianos lo llamaban «la noche oscura del alma», y no es una metáfora poética sino una descripción precisa de lo que muchos creyentes experimentan en algún momento de su travesía. Es una noche porque no ves el camino. Es oscura porque no hay luz emocional que te guíe. Y es del alma porque sucede en lo más profundo de ti, en ese lugar donde antes sentías a Dios de manera casi tangible.

Esta sequedad puede venir por muchas razones. A veces es consecuencia del agotamiento emocional o físico, de atravesar pérdidas, depresión o crisis vitales que afectan nuestra capacidad de sentir en general, no solo en lo espiritual. Otras veces no hay una razón aparente. Simplemente llega, como llegan las estaciones, sin pedir permiso. Y lo desconcertante es que puede permanecer incluso cuando haces todo «bien»: oras, lees, sirves, te congregas. Nada cambia. El silencio continúa.

El silencio en la Biblia y en la vida cristiana

Lo notable es que la Biblia no esconde esta realidad. Al contrario, está llena de voces que claman desde el silencio. El Salmo 22 comienza con palabras que Jesús mismo pronunciaría en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos estás para salvarme, lejos de mis gemidos. Dios mío, clamo de día y no respondes; de noche, y no hallo reposo». No es una oración de alguien que perdió la fe. Es la oración de alguien que sigue buscando a Dios precisamente en medio de su aparente ausencia.

Job pasó capítulos enteros cuestionando, lamentándose, exigiendo respuestas a un Dios que permanecía callado mientras su vida se desmoronaba. Y cuando Dios finalmente habló, no le dio explicaciones. Le mostró su grandeza, su misterio, su soberanía incomprensible. Y de alguna forma, eso bastó. No porque Job entendiera, sino porque en medio del silencio, la presencia se hizo real nuevamente, aunque diferente.

El profeta Elías, después de una victoria espiritual tremenda, cayó en una depresión tan profunda que deseó morir. Huyó al desierto buscando a Dios. Y cuando Dios se manifestó, no lo hizo en el terremoto, ni en el fuego, ni en el viento impetuoso que Elías esperaba, sino en un susurro apacible, casi imperceptible. A veces Dios habla tan bajo que si estamos acostumbrados solo a los momentos cumbre, podemos no reconocer su voz.

Incluso Jesús experimentó el silencio del Padre. En Getsemaní oró con tal angustia que sudó gotas de sangre, rogando que el cáliz pasara de él. Y el Padre no cambió el plan. En la cruz, clamó sintiendo el abandono absoluto. Si el Hijo de Dios atravesó el silencio y la sensación de abandono, ¿cómo podríamos nosotros esperar estar exentos de estas experiencias?

Creer sin sentir: cuando la fe es decisión y fidelidad

Hay algo profundamente transformador en la fe que persiste cuando las emociones han desaparecido. Porque es fácil creer cuando sientes. Es natural adorar cuando tu corazón está lleno de gratitud. Es casi automático orar cuando percibes cercanía divina. Pero elegir permanecer cuando no hay nada que sostenga tu elección excepto la decisión misma de permanecer, eso es fe en su forma más pura y adulta.

La fe en el silencio no se sostiene en la emoción sino en la fidelidad. Es la fe que dice: «aunque no sienta tu presencia, elijo confiar en tu carácter. Aunque no escuche tu voz, recuerdo lo que has dicho. Aunque el camino esté oscuro, camino porque ya te elegí y no retiro mi elección». Esta no es una fe inferior o de segunda categoría. Es, en muchos sentidos, la fe más robusta, porque no depende de estímulos externos ni de estados internos cambiantes.

Los santos y místicos que escribieron sobre estas experiencias entendían que Dios a veces retira la consolación para que nuestra fe madure. No porque sea cruel o manipulador, sino porque el amor verdadero no se sostiene solo en lo que recibimos, sino en el compromiso más allá de los beneficios. Es como un matrimonio que atraviesa temporadas sin pasión romántica pero que permanece porque el amor es más profundo que la emoción del momento.

Santa Teresa de Ávila pasó décadas experimentando sequedad espiritual. San Juan de la Cruz escribió su obra más profunda precisamente desde la noche oscura. El hermano Lorenzo practicó la presencia de Dios en medio de las ollas sucias de la cocina del monasterio, sin experiencias místicas grandiosas, solo con la decisión cotidiana de permanecer atento a Dios incluso cuando no sentía nada especial. Todos ellos nos enseñan que la fe en el silencio no es un error de ruta sino parte esencial del viaje espiritual.

Qué NO significa el silencio de Dios

Antes de continuar, es necesario despejar algunos malentendidos que pueden añadir peso innecesario a una carga ya pesada.

El silencio de Dios no significa que estés siendo castigado. No es una señal de que cometiste algún pecado terrible que ahora debe ser expiado con esta ausencia. Dios no es un padre emocionalmente abusivo que retira su afecto para disciplinarte. Sí, el pecado puede crear distancia con Dios, pero la sequedad espiritual no es necesariamente consecuencia del pecado. A menudo llega a las personas más consagradas, más sinceras, más buscadoras de santidad.

Tampoco significa que hayas perdido tu salvación o que Dios te haya abandonado. Las promesas de Dios sobre su fidelidad no dependen de tus emociones. «Nunca te dejaré ni te abandonaré» sigue siendo verdad aunque no lo sientas. La presencia de Dios no está condicionada a tu capacidad de percibirla. El sol sigue brillando aunque las nubes lo oculten de tu vista.

El silencio no es señal de que tu fe sea defectuosa o inferior. No significa que otros creyentes que parecen radiantes y llenos del Espíritu sean más espirituales que tú. Cada persona tiene su propio camino, y lo que ves en redes sociales o en los testimonios del domingo por la mañana rara vez refleja la totalidad de la experiencia de alguien. Muchos de los que parecen más llenos están también atravesando sus propios desiertos en privado.

Y finalmente, el silencio no significa que debas forzar emociones que no tienes. No necesitas fingir gozo que no sientes, fabricar fervor que no está, o avergonzarte por la ausencia de lágrimas en la adoración. La honestidad es más valiosa que la apariencia de espiritualidad. Dios no necesita tu actuación. Prefiere tu verdad, aunque sea árida.

Cómo sostener la fe en el silencio

Entonces, ¿qué haces cuando todo dentro de ti se siente vacío pero aun así quieres seguir creyendo? No hay recetas infalibles, pero hay prácticas que han sostenido a generaciones de creyentes en el desierto.

Permanece en las disciplinas básicas, aunque sean mecánicas. Sigue orando aunque tus palabras parezcan rebotar en el techo. Sigue leyendo las Escrituras aunque no sientas nada al hacerlo. No porque estas acciones vayan a cambiar mágicamente tu estado emocional, sino porque son formas de permanecer en posición de recibir cuando la sequedad pase. Son actos de fidelidad, no de producción espiritual. Puedes orar simplemente: «Aquí estoy. No siento nada, pero aquí estoy». Eso es suficiente.

Sé brutalmente honesto con Dios. Puedes decirle exactamente lo que sientes. Que estás cansado. Que no entiendes. Que te duele su silencio. Que estás enojado, confundido, desilusionado. Los Salmos están llenos de este tipo de honestidad descarnada. Dios es lo suficientemente grande para manejar tu frustración y tu lamento. De hecho, tu lamento es una forma de oración, quizás la más honesta que puedas ofrecer en este momento.

No camines solo. Comparte tu experiencia con alguien de confianza. No con todos, porque no todos entenderán, y algunas personas bien intencionadas tratarán de arreglarte con versículos o consejos simplistas que solo aumentarán tu soledad. Pero busca a alguien maduro, alguien que haya atravesado sus propios desiertos, alguien que pueda sentarse contigo en el silencio sin necesidad de llenarlo con palabras piadosas.

Reduce las expectativas sobre cómo «debería» verse tu vida de fe. Quizás en este momento no puedes orar una hora. Quizás solo puedes con cinco minutos. Está bien. Quizás no puedes leer capítulos enteros de la Biblia. Quizás solo puedes con un versículo, o ni siquiera eso. Está bien. La espiritualidad no es un rendimiento que debe medirse. Es una relación, y las relaciones tienen estaciones. Algunas conversaciones son largas y profundas. Otras son apenas un «hola, aquí sigo». Ambas cuentan.

Atiende tu cuerpo y tus emociones. A veces la sequedad espiritual está conectada con el agotamiento físico, la depresión, la ansiedad o el trauma. No espiritualices todo. Si necesitas ayuda profesional, búscala. Si necesitas descanso, descansa. Si necesitas procesar dolor emocional, hazlo. Dios nos creó como seres integrados, y nuestra vida espiritual no existe en un vacío separado del resto de nuestra humanidad.

Recuerda. Cuando no puedes sentir a Dios en el presente, ancla tu fe en el pasado. Recuerda los momentos en que sí lo sentiste. Recuerda las formas en que te ha sostenido, aunque ahora parezcan lejanas. No para tratar de volver a ese pasado, sino para recordarte que Dios ha sido fiel antes y que su carácter no cambia según tus emociones.

Una palabra final: la primavera llegará

No puedo prometerte cuándo terminará esta sequedad. No puedo garantizarte que si haces todo bien, el silencio se romperá mañana. La vida espiritual no funciona con fórmulas. Pero sí puedo decirte esto: las estaciones cambian. Siempre lo hacen.

El invierno en la naturaleza no es el fin de la vida, es parte del ciclo que permite que venga la primavera. Durante el invierno, bajo la tierra congelada, las raíces se fortalecen. Las plantas entran en un período de latencia necesario para su próximo florecimiento. No se ve nada en la superficie, pero debajo está ocurriendo algo esencial.

Quizás eso mismo está sucediendo en ti. Quizás en este silencio, más allá de lo que puedes percibir, tu fe se está arraigando de formas que no serían posibles si siempre tuvieras la consolación emocional. Quizás estás aprendiendo a confiar en quién es Dios, no solo en cómo te hace sentir. Quizás tu amor por él se está purificando de la necesidad de recompensas inmediatas.

O quizás no. Quizás es simplemente un desierto que debes atravesar, sin lecciones grandiosas, sin propósitos ocultos que descifrar. Y aun así, puedes atravesarlo. No solo. Nunca solo.

La fe en el silencio es incómoda, desconcertante, y a veces insoportablemente larga. Pero también es real. Es la fe que no depende del clima emocional, de las confirmaciones sobrenaturales ni de la ausencia de preguntas. Es la fe que permanece porque ya eligió permanecer, y esa elección se renueva cada día, aunque sea con manos temblorosas y voz quebrada.

No tienes que fingir fortaleza que no tienes. No tienes que pretender que el silencio no duele. Puedes ser honesto sobre el peso que llevas. Y puedes, al mismo tiempo, seguir poniendo un pie delante del otro en este camino, confiando en que el Dios que parece ausente sigue estando presente de formas que tus sentidos no pueden captar.

El silencio no es la última palabra. Nunca lo ha sido. Pero mientras dure, puedes habitarlo sin avergonzarte, sabiendo que otros han caminado este mismo sendero antes que tú, y que la primavera, aunque no sepas cuándo, llegará.

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