Creer y Vivir

Un espacio cristiano para vivir la fe con calma.

Cuando todo se tambalea: confiar en Dios en tiempos de incertidumbre

Camino sereno al amanecer que simboliza confiar en Dios en tiempos de incertidumbre.

Hay temporadas en la vida que se parecen a caminar sobre suelo inestable. Esos momentos en que todo lo que creíamos firme se mueve bajo nuestros pies. El trabajo que parecía seguro ya no lo es. La relación en la que confiábamos comienza a resquebrajarse. La salud que dabas por sentada te recuerda que nada es permanente. Y de pronto te encuentras en un lugar que no reconoces, con más preguntas que respuestas, tratando de sostenerte de algo cuando todo parece aire.

Si estás ahí ahora mismo, o si has estado ahí y el recuerdo aún duele, quiero que sepas algo: no estás solo. Y tampoco estás haciendo algo mal por sentir lo que sientes. La fe en la incertidumbre no significa tener todas las respuestas ni fingir una paz que no experimentas. A veces, confiar en Dios en tiempos difíciles se parece más a aferrarte a una mano en la oscuridad que a caminar seguro bajo el sol.

Cuando confiar en Dios se vuelve lo único que queda

Hay una diferencia entre creer en Dios cuando todo va bien y confiar en él cuando no entiendes nada. Lo primero es gratitud, y es hermoso. Pero lo segundo es fe. Fe de verdad. La que se forja en el barro y no en el altar.

No sé exactamente por qué estás pasando ahora, pero sé lo que se siente cuando todo lo que tenías planeado se desmorona. Cuando tus esfuerzos no dan fruto. Cuando rezas y el cielo parece de piedra. Cuando quieres creer que hay un propósito, pero la vida se empeña en mostrarte solo el caos.

En esos momentos, confiar no es un sentimiento cálido. Es una decisión que tomas con el cuerpo temblando y el corazón roto. Es decir, aunque sea con la voz quebrada: «No entiendo nada de esto, pero no voy a soltarte». Y eso, aunque no lo parezca, es suficiente.

La Biblia está llena de gente que tuvo que confiar sin ver. Abraham saliendo de su tierra sin saber a dónde iba. Moisés frente al mar con un ejército a sus espaldas. María diciendo sí a algo que no comprendía completamente. Ninguno de ellos tuvo el mapa completo. Ninguno sabía cómo terminaría todo. Simplemente dieron el siguiente paso con lo poco que tenían: una promesa, una voz, una presencia.

Quizá eso es lo único que necesitas ahora. No todas las respuestas. Solo la certeza de que no estás caminando solo.

Fe en la incertidumbre: aprender a respirar de nuevo

La incertidumbre es uno de los dolores más sutiles que existen. No es dramática como la pérdida, ni aguda como el rechazo. Es más bien una presión constante en el pecho, una pregunta que no se calla: ¿y ahora qué?

Vivir con fe en la incertidumbre no significa eliminar esa pregunta. Significa aprender a no dejar que te paralice. Significa descubrir que puedes dar un paso aunque no veas los siguientes diez. Que puedes respirar hondo aunque el futuro sea niebla.

Jesús sabía algo sobre esto. Cuando enseñaba a sus discípulos, les decía: «No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal». No estaba siendo pesimista. Estaba siendo profundamente realista. Cada día trae lo suyo. Intentar cargar también con el peso de todos los mañanas posibles te romperá la espalda.

Así que respira. Hoy. Ahora. Este momento es lo único que realmente tienes, y en este momento sigues aquí. Sigues respirando. Sigues buscando. Y eso ya es mucho.

A veces la fe es grande y luminosa, capaz de mover montañas. Pero otras veces la fe es pequeña y temblorosa, apenas suficiente para pasar la noche. Y ambas son válidas. Ambas son reales. Dios no desprecia la fe del tamaño de un grano de mostaza. De hecho, parece tenerle especial cariño.

Esperanza cristiana cuando las promesas parecen lejanas

La esperanza cristiana no es optimismo barato. No es repetir frases bonitas hasta convencerte de que todo estará bien. Es algo más profundo y, a la vez, más frágil. Es creer que, aunque ahora mismo estés en el valle, este no es el final de la historia.

Pero seamos honestos: hay días en que la esperanza se siente como una traición. Porque duele esperar. Duele creer que vendrá algo mejor cuando lo único que ves es más de lo mismo. Duele confiar en promesas que no se cumplen en tu tiempo ni en tu forma.

No tengo una respuesta fácil para eso. No puedo decirte cuándo cambiará tu situación ni prometerte que todo se resolverá como esperas. Lo que sí puedo decirte es que la esperanza cristiana no depende de que las circunstancias mejoren. Depende de algo más firme: de que hay alguien contigo en el valle. Y que ese alguien conoce el camino de salida, aunque tú aún no lo veas.

El Salmo 23 habla de esto de una forma que siempre me ha conmovido: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo». No dice que no habrá valles. No promete que el camino será llano. Pero sí promete compañía. Y a veces, cuando todo lo demás falla, la compañía es lo que nos mantiene vivos.

Quizá la esperanza en este momento no sea creer que todo mejorará mañana. Quizá sea simplemente creer que no tendrás que enfrentar mañana solo. Que hay una presencia que camina contigo, incluso cuando no la sientes. Especialmente cuando no la sientes.

Sostener la fe en tiempos difíciles sin fingir fortaleza

Una de las mentiras más dañinas que circulan en algunos ambientes cristianos es que la fe verdadera siempre se ve fuerte, radiante, invencible. Que si realmente confías en Dios, no deberías estar triste, ansioso o confundido. Que la duda es enemiga de la fe.

Pero eso no es verdad. Y si lo estás viviendo así, estás cargando con un peso que no es tuyo.

La fe real tiene lugar para las lágrimas. Para las preguntas que no tienen respuesta inmediata. Para los días en que sientes que no puedes más y para las noches en que lo único que puedes hacer es susurrar: «Ayúdame a creer». Eso también es fe. Quizá la más honesta de todas.

Jesús lloró. Se angustió. En el huerto de Getsemaní, su alma estuvo «muy triste, hasta la muerte». Si él, siendo quien era, experimentó eso, ¿cómo no íbamos a experimentarlo nosotros?

Confiar en Dios en tiempos difíciles no es una pose de fortaleza. Es dejar que te vea tal como estás. Cansado. Asustado. Confundido. Y aun así, elegir no alejarte. Elegir quedarte cerca, aunque sea con rabia. Aunque sea con reproches. Aunque sea en silencio porque ya no tienes palabras.

Hay algo profundamente liberador en dejar de fingir. En reconocer que no lo tienes todo resuelto. Que tu fe es imperfecta, llena de grietas, y que aun así sigues aquí, buscando. Dios no necesita que finjas. Necesita tu verdad. Tu presencia. Tu corazón tal como está.

Un camino que se hace al andar

No puedo prometerte que mañana todo será más claro. No puedo decirte que la tormenta pasará pronto ni que encontrarás todas las respuestas que buscas. Lo que sí puedo decirte es que este tambaleo que sientes, este suelo que se mueve, no es el final.

Es cierto que todo se siente incierto. Que el futuro es una pregunta abierta. Que hay noches en que la esperanza parece una idea abstracta y lejana. Pero también es cierto que has llegado hasta aquí. Que has sobrevivido al cien por ciento de tus peores días. Que algo en ti, a pesar de todo, sigue buscando luz.

Eso algo es más fuerte de lo que crees. Y no está solo. Hay una mano que sostiene, aunque no siempre la sientas. Una voz que susurra, aunque el ruido del mundo la ahogue. Una presencia que no se va, aunque te alejes.

Confiar en Dios en tiempos de incertidumbre no es tener fe ciega. Es tener fe cansada, fe herida, fe que tropieza pero no se rinde. Y esa fe, por pequeña que parezca, es suficiente.

Camina despacio. Respira hondo. Y cuando no sepas qué más hacer, simplemente quédate. Quédate cerca. Quédate buscando. Quédate creyendo, aunque sea a duras penas.

Porque en algún momento, cuando menos lo esperes, el suelo volverá a ser firme bajo tus pies. Y mirarás atrás y entenderás que, incluso en el tambaleo, nunca estuviste cayendo solo.

Alguien te sostenía. Y ese alguien no te soltará ahora.

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